El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

él.

Isabel siguió trabajando en la casa, aunque le ofrecí suficiente dinero para no volver jamás.

—No quiero deberle nada —dijo.

—No sería deuda.

—Con hombres como usted, todo se convierte en deuda tarde o temprano.

—Entonces póngalo por escrito con abogados.

Lo hizo.

Isabel Torres se convirtió en la primera mujer en mi vida que negoció conmigo sin temblar.

Eligió salario.

Horario.

Seguro médico.

Fondo educativo para Sofia, administrado por un tercero.

Una cláusula que decía que podía irse en cualquier momento sin perder beneficios.

Cuando firmé, Marco murmuró: