El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

bueno.

No en el sentido simple de la palabra.

Había hecho demasiado.

Ordenado demasiado.

Callado demasiado.

Pero empecé a entender algo que mi padre jamás me enseñó:

mostrar qué puede lastimarte no siempre te vuelve débil.

A veces le dice a la persona correcta dónde debe poner la mano para no herirte más.

La noche del aniversario de la muerte de Mateo, Isabel pidió permiso para salir temprano.

—Voy al cementerio con Sofia.

—Las llevo.

—No hace falta.

—No dije que hiciera falta.

Me miró.

—Daniel.

Había vuelto a decir