El jefe mafioso más temido de Nueva York fingió dormir para probar a su nueva empleada, pero la hija de ella lo cubrió con una manta

mi nombre.

No todos los días.

No frente a todos.

Pero a veces.

Y cada vez sonaba menos como un accidente.

Fuimos los tres.

No llevé escolta visible, aunque ambos sabíamos que Marco estaba cerca.

Sofia puso flores amarillas en la tumba.

—Hola, papi —dijo—. Mami dice que bailabas feo. Yo bailo mejor.

Isabel se rió llorando.

Yo me quedé a unos pasos.

Sofia giró.

—Señor Daniel, venga.

Me acerqué.

—¿Qué pasa?

—Dígale algo a papi.

Isabel se puso rígida.

Yo también.

—Sofia… —empezó ella.

Pero la niña insistió:

—Usted