verdad».
Lo miré fijamente.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?
Apartó la mirada.
—Al principio pensé que estaba cumpliendo mi promesa. Luego volví a casa y te vi. Me diste las gracias por haber estado allí con él.
Recordé aquel día.
—Te abracé.
—Sí.
Tragó saliva.
—Después de eso, decirte la verdad significaba admitir que te había mentido. Pasó un año. Luego cinco. Y cada año que pasaba me hacía sentir más avergonzado.
Negué con la cabeza.
—No me protegiste durante cincuenta y seis años.
—No.
—Te estabas protegiendo a