grados bajo cero. Llevaba un vestido delgado, sin abrigo, y cada respiración me provocaba un dolor terrible.
Como paramédica comprendí inmediatamente la gravedad de mis lesiones.
Podía tener fracturas vertebrales. Mis costillas estaban dañadas y moverme podía empeorar todo.
Así que permanecí inmóvil.
Desde el jardín escuchaba la música navideña, las conversaciones y el tintinear de las copas.
La fiesta continuaba.
Mi padre había regresado a cenar después de arrojarme por la ventana.
Y nadie parecía dispuesto a interrumpirlo.
Los minutos comenzaron a confundirse. Primero temblé violentamente. Después dejé de