su destino. Lloré por mi madre, que incluso al saber que iba a morir había buscado una manera de protegerme.
El dinero no me devolvía la salud ni borraba lo sucedido. Pero me daba algo que Ernesto siempre había intentado quitarme: la posibilidad de elegir.
Pedí hablar con los abogados del fideicomiso y los consejeros de Red Médica del Norte. No quería convertir una empresa en instrumento de venganza ni poner en riesgo los hospitales que dependían de sus suministros. Quería saber si realmente existían motivos para desconfiar de la