En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

sentir los dedos.

Sabía que aquello era peligroso.

El frío estaba ganando.

Intenté recordar los procedimientos de emergencia que había practicado cientos de veces. Conté mentalmente mis respiraciones y repetí los nombres de los huesos de la mano para mantenerme consciente.

Entonces, entre la confusión, creí ver a mi madre.

Estaba junto a mí, usando aquel suéter que Renata había convertido en trapo.

—Lucía, todavía no —me pareció escuchar—. No dejes que ellos cuenten tu historia.

Quise acercarme, pero su figura desapareció.

Unos momentos después escuché el ruido de un