padre.
Miré mis manos, las cicatrices, el soporte que sujetaba mi espalda. Recordé cómo cerró las cortinas mientras yo intentaba respirar sobre las piedras heladas.
—Un padre que comete un accidente pide ayuda —respondí—. Tú me viste en el suelo y regresaste a cenar.
Ernesto empezó a llorar. Me pidió que hablara con Rivas, que salvara su empresa, que pensara en todo lo que había hecho por mí.
—Yo no provoqué tus problemas financieros, papá. Tampoco voy a mentir para sacarte de aquí. Por primera vez, tendrás que responder por