En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

Lucía.

—Quizá. Pero sé leer una escritura y sé lo que significa tener el cincuenta y uno por ciento de los votos de esa red. Mamá me dejó sus acciones.

Durante unos instantes no pudo hablar. Volvió a mirar el papel, buscando algún error.

—Isabel no tenía nada —murmuró finalmente.

—Eso creíste siempre. Nunca preguntaste qué hacía cuando trabajaba hasta la madrugada. Nunca quisiste saber cuánto valía lo que construyó.

Su voz se quebró por primera vez.

—Hija, escúchame. Me desesperé aquella noche. Fue un accidente. Podemos arreglarlo. Soy tu