En Nochebuena, mi padre me empujó desde el segundo piso porque, según él, yo había arruinado su contrato millonario. Me dejó casi dos horas a diez grados bajo cero, sin llamar a una ambulancia. “Eres una vergüenza para esta familia”, fue lo último que escuché. Días después desperté en el hospital y mi tía me entregó una carpeta de mi madre fallecida. Al abrirla, entendí por qué mi padre estaba a punto de perderlo todo…

una ambulancia, se arruina la cena y tu papá pierde el contrato. Ya se le pasará el drama.

—Pero hace muchísimo frío —murmuró Renata.

—Te dije que la dejes. Tu padre sabrá qué explicación dar mañana.

Mi hermanastra respondió: «Está bien». Y enseguida empezó a hablar de las fotos que subiría de la cena.

Gabriela detuvo la grabación. Me quedé helada ante su indiferencia. Mi padre me había empujado. Ellas habían decidido que salvarme era menos importante que proteger su dinero.

Renata había dejado una transmisión abierta desde la cocina.