así que no pude revisarla hasta el recreo.
Cuando abrí la aplicación, sentí que el corazón se me detenía.
Allí estaba Beatriz.
Entraba tranquilamente con su llave, dejaba su bolsa sobre la mesa y caminaba directamente hacia la cocina.
Ni siquiera fingió preocuparse por alguna emergencia.
Abrió el congelador, apartó las verduras y sacó nuestro sobre.
Luego comenzó a contar billetes.
Uno por uno.
Hasta reunir 45 mil pesos.
Los guardó en su bolsa y sonrió.
—Esto es por el bien de todos —murmuró.
Pero lo siguiente fue todavía más