en nuestro departamento de Zapopan.
No teníamos grandes lujos, pero cada mueble representaba un esfuerzo compartido. Era nuestro pequeño refugio después de años de ahorrar.
O al menos eso creía yo.
Mi suegra, Beatriz, tenía 61 años y una obsesión enfermiza por controlar la vida de su único hijo. Siempre vestía impecable, usaba collares de perlas y presumía que ninguna mujer de su familia tomaba una decisión importante sin consultarla.
Desde nuestra boda, encontraba cualquier excusa para criticarme.
Si cocinaba, decía que Daniel estaba acostumbrado a comer mejor. Si compraba