cortinas, aseguraba que había desperdiciado el dinero. Si visitábamos a mis familiares, se quejaba de que yo estaba alejando a su hijo.
Pero aquella mañana cruzó un límite.
—Necesito una llave para cualquier emergencia —anunció mientras desayunábamos—. Imagínense que ocurre una fuga de gas o que Daniel se enferma mientras tú estás trabajando.
—Tenemos números de emergencia y vecinos de confianza —respondí—. No necesitamos entregar más llaves.
Beatriz dejó su taza sobre la mesa.
—¿Ves, Daniel? Tu esposa prefiere confiar en extraños antes que en tu propia madre.
Miré a