una valoración independiente de aquella pieza.
Había confiado en la promesa de que duplicaría su precio porque quería presumir una adquisición extraordinaria delante de sus amigas.
Cuando Daniel se enteró, permaneció varios minutos en silencio.
—Arriesgó nuestra familia por un adorno —murmuró.
—No, Daniel —le respondí—. Lo hizo porque creyó que tenía derecho a decidir por nosotros.
Esa era la verdadera razón.
El jarrón solamente había sido la excusa.
A través de su abogado, Beatriz terminó devolviendo la memoria USB y aceptó hacerse responsable del dinero faltante.
Cuando recuperé aquella