señora que coordinaba uno de los grupos comunitarios donde participaba le sugirió retirarse temporalmente de sus responsabilidades.
Mi suegra no podía soportarlo.
Había pasado la vida señalando las equivocaciones ajenas.
Ahora era ella quien debía explicar las propias.
Durante casi dos meses llamó repetidamente a Daniel.
Él contestaba únicamente cuando era necesario y nunca aceptaba hablar conmigo en su nombre.
En una ocasión escuché parte de la conversación.
—¡Soy tu madre! —gritaba Beatriz—. ¡No puedes abandonarme por un error!
Daniel respondió con una tranquilidad que antes no tenía.
—No te