estoy abandonando. Pero no voy a fingir que no sucedió.
—¿Vas a castigarme toda la vida?
—Mamá, todavía no has pedido perdón sin echarle la culpa a Mariana.
Después de aquello, Beatriz dejó de llamar.
El silencio llegó a su casa.
Por primera vez en décadas, nadie acudía a pedirle consejos y nadie parecía necesitar su opinión.
Una tarde, según nos contó después, abrió el cajón donde guardaba sus collares de perlas.
Encontró una fotografía de Daniel cuando tenía siete años.
Estaba sentado sobre sus piernas, sonriendo con la confianza