de superioridad que siempre la acompañaba.
—Leí tu carta, mamá —dijo Daniel.
Los ojos de Beatriz se humedecieron.
—Gracias, hijo.
—Eso no significa que todo esté arreglado.
—Lo sé.
—Necesitamos tiempo.
Ella bajó la cabeza.
—Entiendo. No voy a presionarlos.
Después me miró.
—Mariana, no tengo derecho a pedirte nada, pero quería decirte personalmente que lamento haber tocado las cosas de tu madre.
Durante unos segundos no supe qué contestar.
Había imaginado muchas veces aquel encuentro.
En algunas versiones le gritaba todo lo que había callado durante años.
En otras,