simplemente daba media vuelta.
Pero frente a mí había una mujer envejecida por las consecuencias de sus actos.
—Gracias por reconocerlo —respondí—. Pero todavía me cuesta confiar en usted.
Beatriz asintió.
—Es justo.
No intentó abrazarme.
No pidió visitar nuestro departamento.
Ni siquiera preguntó si podía llamar al día siguiente.
Se despidió y continuó caminando entre los puestos.
Aquello no borró lo sucedido, pero fue la primera vez que respetó un límite sin discutir.
Casi un año después del robo, Daniel decidió invitarla a tomar café.
Me preguntó antes de