El sobre olvidado en el último cajón

que yo pudiera empezar de cero con otro nombre. Me pidió que jamás lo contactara, que jamás me acercara a ustedes, para protegernos a todos. Y todos estos años pagó el alquiler porque yo no podía trabajar bajo mi verdadero nombre y porque criar a mi hijo sola era imposible sin ayuda.

—¿Y su hijo? —pregunté, con la voz quebrada.

Margarita sonrió por primera vez, con una mezcla de orgullo y dolor.

—Ya es médico. Tiene familia. Nunca supo que su padre murió asesinado ni que su tío Miguel, a