El sobre olvidado en el último cajón

viuda y a un niño, sabiendo que si me contaba la verdad, podría poner en peligro a nuestra propia familia. Los hombres que habían matado a Andrés todavía podían estar vivos, todavía podían buscar cabos sueltos.

Cuando llegué a casa, entré de nuevo en su oficina. Tomé el folder amarillo, lo apreté contra mi pecho y lloré como no había llorado desde el día del funeral. Pero esta vez no lloré de tristeza. Lloré de gratitud, de asombro, de amor renovado por el hombre imperfecto y silencioso con quien había