compartido mi vida.
Al día siguiente llamé al banco y arreglé lo necesario para que el pago del alquiler siguiera saliendo, ahora desde mi propia cuenta. Margarita nunca sabría que yo continuaría lo que Miguel había empezado. O quizá algún día se lo diría, cuando ambas estuviéramos listas. Por ahora, bastaba con saber que el último regalo que mi esposo me dejó no fue una herencia ni una casa, sino la certeza de que había amado a alguien más digno de lo que yo jamás me atreví a imaginar.