me miraba.
Miraba a los invitados.
Eso me dijo mucho.
Su primera preocupación no era que yo supiera la verdad.
Era que los demás la supieran.
—Elena.
Su voz salió seca.
—Podemos hablar.
—Claro.
Le entregué un micrófono.
—Habla.
No lo tomó.
Su madre se levantó.
—Esto es inadmisible.
Yo la miré.
—¿Qué parte?
—¡Grabar conversaciones privadas!
—No grabé nada deliberadamente.
Pausa.
—Su hijo dejó abierta una videollamada conmigo.
La sala volvió a llenarse de murmullos.
Ella palideció.
—Entonces no tienes derecho a…
Victoria, mi abogada, se levantó desde la