una mitad.
—Sí.
—¿Y los niños?
Su rostro cambió.
—No…
—No mientas ahora.
—Elena.
—Escuché lo que dijiste.
—Lo sé.
—¿Te daban asco?
Cerró los ojos.
—No.
—Entonces.
—Estaba hablando con mi madre de una forma…
—Cobarde.
—Sí.
—¿Te importaban?
—Sí.
—¿Los querías?
Largo silencio.
—A ratos.
Esa respuesta dolió mucho más que una mentira bonita.
Pero era probablemente lo más honesto que me había dicho.
—Mateo me agotaba.
Dijo.
—Emma nunca confiaba del todo en mí.
Sophie podía ser distante.
—Son niños.
—Lo sé.
—Y aun así les dijiste