del día anterior.
—Nina, ¿estás bien?
Asentí mientras intentaba abrir una botella de agua.
No conseguía desenroscar el tapón.
Clara me la quitó suavemente de las manos.
—No tienes que hacerte la fuerte conmigo.
Aquellas palabras fueron suficientes.
Las lágrimas comenzaron a caer sobre mi falda.
No lloraba porque Gabriel se hubiera casado con otra mujer.
Lloraba por la chica que había sido durante cinco años.
Por todas las veces que había renunciado a algo para no incomodarlo.
Por las noches esperando a que regresara de acompañar a Ada porque