años, una vez le había dicho al abuelo:
«Algún día quiero quedarme despierta toda la noche contigo y ver estrellas fugaces».
Yo lo había olvidado por completo.
Él no.
Aquella noche iba a producirse una rara lluvia de meteoros, y el abuelo había pasado meses reparando el viejo telescopio de la abuela para poder cumplir aquel deseo de mi infancia antes de su operación.
Alrededor de las dos de la madrugada, los tres estábamos en el porche.
Yo estaba en mi colchón.
El abuelo, en el suyo.
Mamá estaba sentada