y tan escondido que su mirada pasó de largo sin verme.
No sentí rencor. Sentí una ola inmensa de orgullo que me humedeció los ojos: «Mi muchacha ya es oficial del mar», pensé.
Acaricié el silbato de plata una vez más, conteniendo el llanto.
Fue en ese instante cuando una sombra larga se proyectó frente a mí, tapándome la luz del sol.
Levanté la vista. Frente a mi silla de plástico estaba parado un militar de edad muy avanzada.
Llevaba un uniforme blanco de gala cubierto de condecoraciones: el pecho