Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

y tan escondido que su mirada pasó de largo sin verme.

No sentí rencor. Sentí una ola inmensa de orgullo que me humedeció los ojos: «Mi muchacha ya es oficial del mar», pensé.

Acaricié el silbato de plata una vez más, conteniendo el llanto.

Fue en ese instante cuando una sombra larga se proyectó frente a mí, tapándome la luz del sol.

Levanté la vista. Frente a mi silla de plástico estaba parado un militar de edad muy avanzada.

Llevaba un uniforme blanco de gala cubierto de condecoraciones: el pecho