Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

otra palabra, dio media vuelta y caminó a paso firme hacia el estrado principal con la ayuda de su bastón. Cuando llegó junto al maestro de ceremonias, le arrebató el micrófono central de las manos con una autoridad incontestable.

—¡Interrumpan la música de inmediato! —rugió por el sistema de sonido.

La banda de guerra cortó el toque en seco. El silencio cayó como una losa de plomo sobre la explanada entera. Miles de cabezas se giraron desconcertadas. En la primera fila, Osvaldo y Rocío fruncieron el ceño, molestos por la