llenas de callosidades y cicatrices de aceite caliente, y finalmente se clavaron en mis ojos cansados.
—Disculpe la interrupción, ciudadano… —dijo el anciano, y su voz rasposa temblaba con una emoción incontenible—. ¿De dónde sacó usted esa pieza de plata?
Me puse de pie de inmediato por puro instinto de respeto:
—Es mío, mi Almirante. Lo llevo conmigo desde hace veintidós años.
El hombre cerró los párpados con fuerza. Una lágrima solitaria y gruesa se abrió paso por su mejilla curtida por décadas de salitre y sol caribeño.
Sin decir