Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

se sienta a mi lado, Efraín. Y si alguien en este recinto se atreve a insinuar que usted sobra, tendrá que responder ante la Armada entera.

Caminé hacia el frente escoltado por mi hija del brazo y por el máximo mando naval de la zona. No caminé cabizbajo; caminé con la espalda recta y el paso firme, tal como me enseñó a navegar la furia del mar. Al pasar junto a Osvaldo, no necesité dirigirle una sola palabra: él mismo agachó la cabeza, incapaz de sostenerme la mirada.

Ese mediodía,