Me mandaron a la última fila en la graduación naval de mi hija por oler a pescado: el almirante vio mi silbato quemado e hizo cuadrar a toda la academia

y las manos temblorosas. Su reloj de oro en la muñeca parecía un chiste insignificante en medio de la dignidad que llenaba la plaza. A su lado, Rocío se cubría el rostro con las dos manos, llorando de pura vergüenza al comprender, demasiado tarde, la clase de hombre al que había mandado a sentarse en la basura.

El almirante Vargas se acercó, me puso una mano firme sobre el hombro y me señaló el asiento presidencial en la primera fila, justo en el centro del presídium de honor:

—Hoy usted