pecho.
Durante treinta y cinco años había creído que ella era quien había salvado a papá.
Pero ahora comprendíamos que ambos se habían salvado mutuamente.
EPÍLOGO. EL VIAJE QUE ESPERÓ TODA UNA VIDA
Tres meses después llevamos a mamá a Puerto Vallarta.
Era la primera vez que veía el océano.
Cuando llegamos a la playa, se quitó los zapatos.
Caminó lentamente hacia la orilla.
Y dejó que una pequeña ola le mojara los pies.
Se quedó inmóvil.
Después comenzó a llorar.
Me acerqué.
—¿Estás bien, mamá?
Ella sonrió entre lágrimas.
—