Sí, hijo. Es que tu padre me prometió traerme aquí cuando éramos novios.
Miró hacia el horizonte.
—Y aunque tardó tantos años, cumplió su promesa.
Mis hermanos y yo nos quedamos a su lado.
Aquella tarde vimos el atardecer juntos.
Mamá llevaba una pequeña fotografía de papá dentro de su bolso.
La sacó y la sostuvo frente al mar.
—Mira, Gabriel —susurró—. Por fin llegamos.
Después besó la fotografía.
Y por primera vez desde su muerte, la vi sonreír sin tristeza.
Hoy mamá sigue viviendo en Puebla, cerca de nosotros.