yo permanecía allí, sin saber si sentirme feliz o triste. Sabía quién era, pero la herida aún estaba reciente.
Tercera parte: La verdad que sacudió los
cimientos
Los días pasaban
con lentitud y pesadez.
No me cambié de ropa de inmediato, ni dejé mi trabajo, a pesar de la insistencia de la tía Daulat. Fui a la cocina y ayudé como de costumbre, pero la forma en que la gente me miraba había cambiado por completo. Quienes antes me daban órdenes a gritos, ahora se inclinaban ante mí con un