vivir con su padre, acompañada de su hijo pequeño.
Por eso estaba allí la mañana en que Aurelio no apareció a desayunar.
Fue a llevarle café.
Lo encontró de pie junto a la mesa, sosteniendo algo entre las manos.
Lloraba.
Rosa no recordaba haberlo visto llorar de aquella manera.
Cuando él reparó en su presencia, se secó el rostro y guardó rápidamente lo que tenía.
—Son unos zapatos antiguos —explicó.
Ella dejó el café y no insistió.
Muchos años después sabría lo que había ocurrido.
La noche anterior, Aurelio había
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados