un cajón de la mesa.
Le puso cerradura y se colgó la llave del cuello con un cordón de cuero.
Su familia se acostumbró a verla allí.
La vida siguió.
Hubo encargos, reparaciones, temporadas difíciles y niños que crecieron.
Solo apareció una costumbre nueva: cada año, en la misma noche de agosto, Aurelio dejaba la puerta del taller sin asegurar y el mechero encendido.
Mercedes protestaba.
Él escuchaba y, al año siguiente, volvía a hacerlo.
Nunca explicaba a quién esperaba.
Con el tiempo, Mercedes falleció. Más adelante, Rosa regresó a
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados