acompañado innumerables pasos.
Debajo encontró otra hoja de su propio papel de envolver.
Había dos contornos.
Eran semejantes a los primeros, pero mucho más pequeños.
Cuatro dedos.
Trece centímetros de largo.
El lápiz estaba colocado al lado.
Aurelio examinó el dibujo. La línea tenía interrupciones y pequeños trazos superpuestos, como si quien lo había hecho recordara el procedimiento, pero no tuviera práctica.
No había una carta.
No hacía falta.
El zapatero buscó su cinta y volvió a medir.
Aquella semana viajó a Riobamba para comprar el cuero más suave que
Un Zapatero de Riobamba le hizo zapatos a un gris en 1962 — 25 años después volvieron gastados