vuelto a trabajar.
Noah y Liam compartían una habitación pequeña y discutían constantemente sobre quién tenía más espacio.
Era una vida sencilla.
Pero era nuestra.
Una noche, Noah me preguntó:
—Mamá, ¿te arrepientes de haber perdido la casa?
Sonreí.
—No.
—¿Y el coche?
—Tampoco.
Liam levantó la cabeza.
—Entonces, ¿qué ganaste?
Los miré a ambos.
—A ustedes.
Noah sonrió.
—Pero ya nos tenías.
Lo abracé.
—Ahora los tengo sin miedo.
Y eso era diferente.
Guardé aquel pequeño USB en una caja.
No porque quisiera recordar el día más doloroso de