sus padres.
Daniel me esperó fuera del tribunal.
—Clara.
Me detuve.
—¿Qué quieres?
—Perdón.
No respondí.
—Sé que quizá nunca puedas perdonarme.
—No se trata de mí.
Él miró hacia los niños.
—Lo sé.
—Les enseñaste que amar a uno de sus padres significaba traicionar al otro.
Daniel cerró los ojos.
—Me equivoqué.
—Sí.
—Quiero arreglarlo.
Lo miré durante varios segundos.
—Entonces empieza por no mentirles nunca más.
Él asintió.
Un año después, nuestra vida era diferente.
No teníamos la casa enorme.
No teníamos el coche de lujo.
Yo había