yo recibiera reconocimiento.
—Rachel —susurré—, nunca he querido competir contigo.
Ella se cubrió el rostro.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me trataste como una enemiga?
No respondió.
El rey se dirigió a su secretario.
—Por favor, traiga la condecoración.
Un hombre apareció sosteniendo una pequeña caja azul.
Mi respiración se detuvo.
El rey la abrió.
Dentro descansaba una insignia dorada.
—En reconocimiento a su servicio y a la protección brindada a nuestros ciudadanos durante aquella evacuación, deseamos entregarle esta distinción honorífica.
Los invitados comenzaron a aplaudir.
Yo permanecí inmóvil.
No