otra mujer que también esperaba un hijo suyo. Ni siquiera tuvo la decencia de despedirse sin burlarse de mi tristeza.
Después de aquello vendí lo poco que teníamos en el pueblo y compré un ranchito apartado, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco.
Mi mundo se reducía a una casa de madera, 12 gallinas, un pequeño huerto y una cerca que amenazaba con caerse cada vez que llovía.
—Disculpe la molestia, señora —dijo finalmente el desconocido—. Busco chamba. Puedo arreglar cercas, limpiar terrenos o cortar leña. No necesito dinero. Con un