Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

otra mujer que también esperaba un hijo suyo. Ni siquiera tuvo la decencia de despedirse sin burlarse de mi tristeza.

Después de aquello vendí lo poco que teníamos en el pueblo y compré un ranchito apartado, cerca de Atotonilco el Alto, Jalisco.

Mi mundo se reducía a una casa de madera, 12 gallinas, un pequeño huerto y una cerca que amenazaba con caerse cada vez que llovía.

—Disculpe la molestia, señora —dijo finalmente el desconocido—. Busco chamba. Puedo arreglar cercas, limpiar terrenos o cortar leña. No necesito dinero. Con un