cobertizo detrás de los limoneros de los Ortega.
Le pedí al chofer cambiar el rumbo. La casa seguía en pie, pero tenía una reja nueva. La mujer que abrió dijo que la había comprado legalmente hacía casi 4 años. Un abogado llamado Rivas le mostró un poder firmado por mí y documentos donde Inés aceptaba irse a cambio de una compensación. Nunca la vio en persona.
Caminé solo hasta el cobertizo. El sendero se estrechaba entre los limoneros y el polvo se me metía en los zapatos. Encontré a Inés