Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

cobertizo detrás de los limoneros de los Ortega.

Le pedí al chofer cambiar el rumbo. La casa seguía en pie, pero tenía una reja nueva. La mujer que abrió dijo que la había comprado legalmente hacía casi 4 años. Un abogado llamado Rivas le mostró un poder firmado por mí y documentos donde Inés aceptaba irse a cambio de una compensación. Nunca la vio en persona.

Caminé solo hasta el cobertizo. El sendero se estrechaba entre los limoneros y el polvo se me metía en los zapatos. Encontré a Inés