Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

una libreta donde anotaba teléfonos y fechas: allí estaban mi despacho, el hospital y el número de Esteban. Junto a una llamada, la anciana había escrito: “Prometió avisarle al señor Serrano”.

Fui a la notaría del municipio vecino. En la escritura de venta aparecía mi poder auténtico, pero la firma de Inés era distinta. La supuesta renuncia a la casa se había firmado el mismo día que Mateo ingresó al hospital. Pedí copias certificadas y regresé a Guadalajara con la carpeta apretada contra el pecho.

Esa noche busqué un teléfono