una libreta donde anotaba teléfonos y fechas: allí estaban mi despacho, el hospital y el número de Esteban. Junto a una llamada, la anciana había escrito: “Prometió avisarle al señor Serrano”.
Fui a la notaría del municipio vecino. En la escritura de venta aparecía mi poder auténtico, pero la firma de Inés era distinta. La supuesta renuncia a la casa se había firmado el mismo día que Mateo ingresó al hospital. Pedí copias certificadas y regresé a Guadalajara con la carpeta apretada contra el pecho.
Esa noche busqué un teléfono