viejo que guardaba en mi despacho. En la lista de números bloqueados encontré el de Inés, el de doña Pilar y el del hospital. También recuperé mensajes archivados que nunca había leído. Uno terminaba con la voz agotada de Inés: “Álvaro, Mateo tiene miedo y pregunta si su papá va a venir”.
Me quedé sentado frente a la pantalla. Esteban no solo había manejado mi dinero: alguien había decidido qué voces podían llegar hasta mí. Pero el último mensaje era de la noche en que yo celebraba un contrato millonario,