vernos?
Mi madre abrió la boca, pero no consiguió responder.
Aquella pregunta, tan sencilla y tan inocente, pareció dolerle más que cualquier reproche que yo pudiera haber pronunciado.
—Porque fui una cobarde —confesó finalmente—. Porque tuve miedo de tu abuelo y porque permití que el miedo fuera más importante que mi propia hija.
Frank golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Basta! ¡No tienes idea de lo que estás contando!
—¡Sí la tengo! —gritó Diane, poniéndose de pie—. ¡Llevo diez años viviendo con ello!
El silencio que siguió