de Valeria, la barbilla partida y una pequeña mancha junto a la oreja izquierda. La otra abrió los ojos, verdes con destellos dorados, y sentí que el aire se me acababa.
Eran los ojos de Lucía, mi esposa.
La misma Lucía que yo había enterrado 5 años atrás.
La niña de los rizos se puso de pie y colocó a su hermana detrás de ella.
—No agarramos nada, señor. Ya nos vamos.
—Nadie las está acusando —respondí, agachándome—. ¿Están solas?
Valeria había salido del coche con su mochila del kínder.