«¡Papá, detén el coche!», gritó mi hija de 5 años mientras señalaba a 2 niñas descalzas que dormían junto a un montón de basura en la ciudad de Nueva York. Segundos después, yo estaba arrodillado en el agua sucia de la lluvia, mirando fijamente sus rostros, porque ambas eran idénticas a mi hija, y una de ellas tenía los inconfundibles ojos verdes y dorados de mi difunta esposa.

qué ellas tienen mi cara, papá?

No encontré una respuesta que no me diera miedo.

Violeta sacó algo de debajo de su camiseta. Era un relicario diminuto, colgado de un hilo negro.

—La tía Mara dijo que esto era de nuestra mamá. Que nunca lo perdiera.

Lo reconocí antes de tocarlo. Yo se lo había regalado a Lucía en nuestro primer aniversario. Tenía una abolladura en una esquina porque se nos cayó durante un viaje a Puebla.

—¿Me permites verlo?

Violeta abrió el relicario con cuidado. Dentro estaba la fotografía