hombre con quien había compartido tres años estaba convencido de que podía decidir por mí y que, tarde o temprano, yo terminaría cediendo.
Se equivocó.
Cerré la puerta y escuché el clic de la cerradura.
Esta vez aquel sonido no significaba que alguien me estaba dejando afuera.
Significaba que finalmente había vuelto a decidir quién podía entrar.