a sentirse mía.
No porque mi nombre estuviera en las escrituras.
Eso siempre había sido cierto.
Volvió a sentirse mía porque ya no tenía que justificar cada límite.
Una mañana, antes de ir al trabajo, tomé las llaves.
Toqué con los dedos la nueva cerradura.
Recordé aquella noche.
Mi maleta en el porche.
Mis pies descalzos.
La puerta cerrándose delante de mí.
Durante mucho tiempo pensé que lo peor había sido que Diego me sacara de mi propia casa.
Después comprendí que no.
Lo peor había sido descubrir que el