bancos exigían garantías y que tendría que vender sus propiedades.
Victoria no lloró. Ni siquiera preguntó cómo podían solucionar el problema.
Simplemente hizo las maletas.
Aquella madrugada, mientras Gabriel soportaba sus insultos, una adolescente escuchaba escondida detrás de la escalera.
Era Alba, su hija de 17 años, nacida de su primer matrimonio.
Temblando, llamó a su madre.
—Mamá, tienes que venir. Papá está solo y Victoria lo está humillando.
Apenas 25 minutos después, Elena apareció en la puerta.
Tenía 45 años, trabajaba como enfermera en un hospital público y llevaba