un modesto piso de planta baja en Logroño, adaptado con ayuda de unos vecinos para que Gabriel pudiera desplazarse.
La diferencia resultaba dolorosa.
Mientras él había vivido rodeado de mármol y empleados, Elena utilizaba una cocina antigua, controlaba cada gasto y acumulaba facturas pendientes.
Gabriel no entendía aquella pobreza.
Desde el divorcio había ordenado transferir 4.000 euros mensuales para Elena y Alba a través del abogado familiar, Arturo Garrido.
Durante 13 años, Garrido le había entregado justificantes firmados.
Sin embargo, Gabriel guardó silencio.
Elena tampoco preguntó por su fortuna